La historia de este edificio comienza en el siglo XV, cuando la familia Vivero, uno de los linajes con mayor influencia en la Castilla del momento, decidió consolidar aquí una residencia acorde a su posición política y social. En aquel Valladolid de finales de la Edad Media, levantar una casa de estas dimensiones en una ubicación estratégica era mucho más que una cuestión residencial: era una forma visible de ejercer poder.
Pero todo cambió en 1469.
Ese año, en este mismo palacio, se celebró el matrimonio entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, un enlace que terminaría alterando por completo el equilibrio político de la península ibérica. Lo que en apariencia era una unión dinástica acabó convirtiéndose en el punto de partida de una nueva configuración del poder en España.
El hecho no fue casual. Valladolid ya era una ciudad estratégica, y este palacio ofrecía las condiciones políticas, sociales y de seguridad necesarias para un acontecimiento de semejante magnitud.
Décadas después, el edificio inició una segunda vida institucional. A partir del siglo XV tardío y, especialmente, en la Edad Moderna, quedó vinculado a la Real Chancillería de Valladolid, uno de los órganos judiciales más importantes de la Corona de Castilla.
Eso convierte al Palacio de los Vivero en algo excepcional: primero fue escenario de un cambio dinástico; después, centro de justicia de todo un territorio.