Cuatro días es el viaje completo: dos para la capital, uno para la Ribera del Duero y un cuarto para la ruta que explica por qué esta provincia aparece tanto en los libros de historia.

Hubo un tiempo, entre 1527 y 1559, en que esto fue la capital de la Monarquía Hispánica, y el primer día va justamente de eso. La plaza de San Pablo lo resume todo en un solo espacio: la fachada de la iglesia, tallada como si fuera un retablo puesto en la calle, y enfrente el Palacio de Pimentel, donde nació Felipe II. A veinte metros está el Museo Nacional de Escultura, que pide dos horas largas y las devuelve con creces.
Al mediodía, pinchos por la calle Correos, de barra en barra y sin sentarse. La tarde baja hacia la Catedral, un edificio que se entiende mejor por lo que le falta que por lo que tiene; sube a la torre y desde arriba verás dibujarse el casco antiguo entero. Detrás asoma Santa María la Antigua con su torre románica, y unos minutos más allá se abre la Plaza Mayor. Para terminar, un paseo por el Campo Grande con los pavos reales sueltos entre los setos, y cena por el centro.

Isabel la Católica murió en Medina del Campo, Juana I pasó cuarenta y seis años encerrada en Tordesillas, y en Simancas se guarda el archivo con el que se administró medio mundo. Todo eso está en un radio de cincuenta kilómetros.
El segundo día cambia de siglo y de ritmo: del barroco al arte contemporáneo del Museo Patio Herreriano, y de ahí al Mercado del Val, que es donde compra la gente de aquí. Vermú en la zona Coca y una tarde de casas-museo entre la Casa-Museo de Cervantes, la Casa de Colón y el Palacio de Fabio Nelli. Cierre junto al Pisuerga, en la Playa de las Moreras, con el reflejo de los puentes al atardecer.
El tercer día sale de la ciudad y basta media hora de carretera para notar el cambio. El castillo de Peñafiel aparece mucho antes de llegar al pueblo, encajado en la cresta de un cerro estrecho que le da esa silueta larga de barco varado. Dentro está el Museo Provincial del Vino, que explica el suelo y el clima extremo de la Ribera y deja preparada la visita de la tarde.
Al mediodía toca sentarse: es tierra de lechazo asado en horno de leña, y después conviene bajar a la Plaza del Coso, una plaza de toros medieval rodeada de casas de adobe que sigue en uso cada agosto. La tarde es para una bodega, con cata incluida, entre viñedos que se pierden hacia el Duero. Reserva asador y bodega antes de salir de Valladolid: aquí casi nada admite visita sin cita.
Primera parada, a solo once kilómetros: el Archivo General de Simancas. La fortaleza medieval fue reconvertida en el siglo XVI en el primer archivo estatal de Europa, y aquí se conserva la documentación con la que se gobernaron las Indias, Flandes e Italia.
Continúa a Tordesillas, 30 kilómetros más. El Real Monasterio de Santa Clara fue palacio mudéjar antes que convento. Aquí pasó Juana I casi medio siglo encerrada, y en las Casas del Tratado se firmó en 1494 el acuerdo que repartió el Atlántico.
Cualquiera de las dos villas resuelve bien la comida. Si has comido lechazo el día anterior, cambia de registro: aquí el queso de oveja, las legumbres y los guisos son la otra pata de la gastronomía provincial.

Quince kilómetros más al sur, el Castillo de la Mota es una de las imágenes más reconocibles de Castilla: todo de ladrillo rojo, con una barrera artillera que fue innovadora en su momento. Se ve desde la carretera mucho antes de llegar.
Vuelta a Valladolid, unos 45 minutos por la A-6 y la A-62. Última cena en la ciudad: si te has quedado con ganas de pinchos, es el momento de repetir barra en la zona que más te gustó.
Antes de salir: Simancas, Santa Clara y el Castillo de la Mota tienen horarios distintos entre sí, con visita guiada en varios casos y cierre de mediodía. Confírmalos el día anterior; en temporada baja algunos pasan a visita concertada.
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