El Canal de Castilla no se entiende como una obra aislada, sino como una intervención que intentó reorganizar el paisaje entero de la meseta. En torno a sus aguas se movieron cereales, barcazas, oficios desaparecidos y una forma de economía que dependía más del ritmo del agua que de la carretera.
En el tramo que atraviesa el entorno de Valladolid, todavía se percibe esa lógica original: esclusas, caminos de sirga y antiguos nodos de carga que explican mejor que cualquier documento cómo se articulaba el territorio antes del ferrocarril. Es un espacio donde la ingeniería se mezcla con el paisaje agrícola y donde el tiempo parece haberse detenido en capas distintas.


